Alegría de vivir

En aquella pequeña cocina o en cualquier otro lugar...
En una pequeña cocina, de un departamentito del centro de Santiago, picando en una tabla de madera cebollas, zanahorias y papas se encuentra Gabriela. Una mujer de 60 años que parece disfrutar de aquella labor como si fuera la primera vez que la realiza. Con su pelo corto negro entre el que sobresalen algunas canas y un rostro redondo un tanto arrugado, ríe y tatarea una canción mientras deposita los vegetales en la olla que expele vapor.

De estatura baja, resaltan en su cara unos grandes ojos negros similares a los de un búho. En ellos, una mirada dulce y tierna, a pesar de las experiencias vividas y dolores pasados. Incluso son un tanto infantiles. Unos labios finos, unas orejas pequeñas y en ellas unos aros dorados que las adornan embelleciendo a tan maravillosa persona que, en realidad, no necesita accesorios que la completen.

Diversas vivencias han acumulado sus trabajadoras manos que van desde desviscerar pescados en una tarde de campamento en una playa nortina hasta acariciar a sus nietos agradeciendo por esos perfectos regalos que Dios le envió. En ambos momentos es feliz como una niña que recibe el regalo que anhelaba hace semanas sin decírselo a sus padres. Unos cuantos golpes por caídas accidentales ha soportado su cuerpo que guarda aún las curvas que denotan una hermosura pasada en sus años de juventud y que enamoraron a su marido que hasta hoy la observa como si tuviera 18 años con ojos risueños.

"Lelo", como le decía su padre fallecido hace ya varios años, lleva puesto un delantal de mezclilla que la ha acompañado desde hace un tiempo y unos pantalones de polar azul marino que la abrigan del frío invierno de la zona central. Un chalequito que su hijo mayor regaló para navidad a su querida gordita y unas zapatillas que recorren las calles en sus caminatas vespertinas a causa de un molesto dolor de rodilla provocado por una artrosis. Una venda en su muñeca por una reciente fractura y unos pasos de baile un tanto chistosos que hacen reír a quienes la ven.

En aquella cocinita, de dos por dos metros, la rodea un aire especial que rebalsa el ambiente hacia el resto del departamento cubriendo todo lo que encuentra en su camino, y entre risas y movimientos al son de un vals peruano que toca la radio, termina tapando la olla que contiene la comida que prepara con dulzura para su hija que está por llegar después de una jornada universitaria. Alegría de vivir serían las palabras seleccionadas por quienes describen su persona, ya sea que la vean una o mil veces en aquella pequeña cocina o en cualquier otro lugar.

Un pequeñísimo homenaje...

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